Maillots blancos, ostras y espontáneos: Pedaleando las Terres de l’Ebre

Un maillot blanco. Un maillot. Blanco. Que cómo me pones a mí un maillot blanco, hombre, no me puedes hacer esto a mí, que yo tengo talle de escritor, que la cámara engorda, que el blanco hace arrugas, que la lycra se te pega así, como si fueran chuparruedas al final de una salida. Así que blanco no, joder, blanco no. En fin, hay que adaptarse.
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Estoy en Tortosa. Me han traído los amigos de Bikefriendly, que siempre me lían para cosas así. A conocer la zona. Terres de l´Ebre, todo el Delta, Parque Natural de Els Ports. En bici. Ojo, en bici. No sé yo si me convence, lo de la bici. Vienen también otros periodistas deportivos, solo que ellos tienen cuerpos deportivos, y el mío es periodismo de sucesos. Qué se la va hacer, más triste es robar…

ruta por las Terres de l'Ebre

Estas cosas tienen su gracia, porque siguen todas patrón parecido. Nos conocemos la noche antes (caras de otras veces, alguno totalmente nuevo, el de más allá quién podrá ser), te cuentan cómo van a ser la salidas, te cagas en los pantalones. Que subimos Mont Caro, tú. Sí, pero al día siguiente todo planito como a ti te gusta, Marcos Pereda, todo plano, desnivel solo en los puentes, pimpán. Vale, pero subimos Mont Caro. Bueno, bien, eso sí. Y Mont Caro… pero ¿tú has visto el perfil de Mont Caro? A ver, con tranquilidad. El perfil, el perfil. Venga, a la cama, que se hace tarde. Puto pesao.

El Mont Caro

La gracia del Mont Caro es que se ve casi desde cualquier sitio en la zona, porque no hay cima más alta, y porque lo erizaron con antenas afiladísimas que parecen dientes de dragón dormido. Así que, mires donde mires… está. ¿Terracita agradable con tres calimochos? Está. ¿Te pones a leer la última novela de Alessandro Baricco? Está. ¿Es de noche, y tú respiras, porque de noche es imposible verlo, y te relajas, y sonríes, y se te bajan algo los testículos de la epiglotis? Eh, colega, mira, tengo luces aquí, justo en lo alto… Así que está. Como el malo de una peli de terror, como Eddy Merckx en cualquier carrera. 

Está.

Glosa Prima: Se come muy bien, en Tortosa. Hay montones de cosas ricas, por Tortosa. Montones. Pero montones, lo que se dice montones. Vamos, que muchas. A mí me gustaron las ostras, porque yo soy muy de ostras, y porque tienen casi las mismas letras que la ciudad, y eso debe significar algo. Mejillones también, mejillones hubo. Doscientos o trescientos por cabeza, a ojo. Y fuet, pero del fuet hablo otro día, porque tiene un historión. También postres. Y pato, cordero, el resto de la granja. Todo riquísimo, prometido. Geles de glucosa no tengo recuerdos, mire usted…

Vale, muy bien. Salimos. A Mont Caro. Subir y bajar, como los pros, o algo por el estilo. Con maillot blanco, ejem, maillot blanco. Acabé el día acalambrado en la panza, de tanto meter barriga cuando se acercaba el fotógrafo. Y ni aun así. Ese maillot blanco…

La primera parte del puerto es suave, entre olivos. Yo voy silbando, que es algo que hago mucho y molesta cantidad a la gente. Silbando de verdad, tonadillas ligeras. Hoy toca Johnny, I hardly knew ya (versión de Dropkicks Murphys), bonita canción irlandesa que habla sobre un soldado que vuelve desde la guerra lisiado, lleno de amargura, irreconocible por tanto dolor. No sé, me pareció pertinente…

Tampoco aguanto mucho rato con el tema, porque pronto se pone todo superserio. Pero serio de cojones. Ahora hay pinos (pinos bermejos, pinos salgareños) y piedras, muchas piedras afiladas que salen desde una tierra color cachorro de golden retriever. Es como si la montaña sonriese… o estuviera amenazando. Igual se me van las ideas… 

Muy pronto me pongo en cabeza del grupo. Ayuda a ello una pedalada mayestática, potente, sin descomponer jamás el estilo. Bueno, ayuda eso y que todos los demás paran a hacerse fotos y yo tiro para arriba, porque si me detengo igual no arranco, y qué duro es este deporte, Pedro, ya saben. Así que voy a lo mío, mirando las cunetas (orquídeas color rosa, campanillas grandes color maglia azzurra).

Como el mundo es un lugar maravilloso… me pasa un espontáneo. Quiero decir, yo mantengo el primer lugar dentro de nuestro grupillo, pero este tío… en fin, definitivamente no viene con nosotros. Bicicleta de montaña de esas que regalaban abriéndote una cuenta en el banco que patrocinaba a Indurain. El sillín siete centímetros más abajo de lo debido (a ojo). Zapatillas de deporte (con pinta de usarse también para pillar cangrejos en la playa). Gorra (no casco), pelo largo, barba de hipster pasadísimo, pantalones cortos tipo “qué puto calor, tú”. Y la camiseta. Joder, la camiseta. Dónde venderán, esa camiseta. Naranja. Pero naranja-naranja, naranja tipo “Euskaltel-este-año-gana-Mayo-el-Tour”. Y el nombre. Hostia, el nombre. Detrás, en la espalda. Juan y Medio, dorsal número 10. Toma ya, encima es la estrella del equipo.

Pues ese tío me adelanta. Si con esto no van pillando el tono general de mi pedaleo yo ya no sé…

Ah, sucedió en una cosa que llaman “El Cargol” (“El Caracol”), que tiene un montón de herraduras, y carretera buena, y hasta disfrutas a ratos. Luego una mosca empezó a perseguirme. Sí, iba tan lento que las moscas me mantenían ritmo (consulto el dato… viajan a unos siete kilómetros por hora de media… es demoledor). 

En fin.

Glosa Segunda: Vino, vino también. Por allá, en la zona, que hacen vino, y son tan majetes que te dan a probar. Tienen vino blanco (muy rico), vino tinto (muy rico), vino dulce (muy rico) y hasta cava, que es una fantasía, porque en mi tierra el cava lo guardamos para cuando son navidades o gana Mikel la Vuelta a Burgos, pero aquí lo beben a diario (a ver, a diario, diario tampoco, que no son periodistas, no tomen la frase por literalidad). Y eso, que cava (muy rico). También tienen licor de arroz (muy rico), y en ciertos bares te ponen copas (muy ricas). 

No importa, sigo líder, y es una sensación maravillosa. Las cámaras me enfocan, hay multitudes aplaudiendo a mi paso, escucho gritos de “Pereeeeda, Pereeeeda”, todos animan, “eres como Hinault”, “pedazo de escritor estás hecho”, “el Premio Planeta para este muchacho”. Bueno, más o menos, ya saben. Yo es que si no me monto estás películas subiendo puertos termino aburriéndome. 

Porque voy lento. Eso lo tenemos claro, ¿no? Muy lento. Muchísimo. Cantidad. No veas tú, qué de lento. Eso sí, veo cosas, porque la estampa merece la pena. El puerto es bien bonito, con sus horquillas, su carretera primero ancha y después más angosta, su sensación de que vas a coronar lo más alto del monte. Menos mal, porque esto sin entorno ya sí que no…

La última parte es dura de cojones. Psicológicamente demoledora. Porque debes pillar un cruce. Un cruce. A la izquierda… cima del Mont Caro, cuatro kilómetros a casi el diez por ciento, rampas que superan el quince. A la izquierda… cartel que pone “Restaurante”. Restaurante. Y tienes que pasar de eso, fingir que no lo miras, girar con desgana, casi de forma funcionarial, como los besos a tías-abuelas en bodas y bautizos. No fastidies, hombre, no fastidies. Cambia ese cartel, colega, cámbialo. Pon algo que equilibre ambas opciones. No sé… “Mazmorra del dolor” o “Clase de Filosofía Jurídica”. Por el estilo. Pues nada… rampón para empezar, el asfalto en peores condiciones, piñas marrones en la cuneta como adornos de navidad con una resaca espantosa…

Y, entonces, sucede. 

Sucede.

Alguien (seguramente un antiguo profesional, un ganador del Tour, las capacidades físicas de Reinhold Messner) me adelanta. Me adelanta. Y ya no soy líder, ya no me aplauden a mí las muchedumbres ficticias, ya no tendré entrevistas en el pódium, ni contratos para anunciar frigodedos, ni me llevarán a Pasapalabra. Perra vida. Me adelantan. Echo una mirada tipo Visentini Giro´86 a aquel tipo, pero no hay nada que hacer… Sic transit gloria mundi. Perdí.

Claro, en ese momento… ¿qué haces? ¿Luchar por el segundo puesto? ¿Pero quién recuerda el segundo puesto? ¿Ustedes le ponen rostro a Buzz Aldrin? Que lo llaman Buzz, colega, que lo llaman Buzz. En fin. Vamos, que una bajona, la moral por los suelos, las bielas avanzando como agujas de reloj un viernes al mediodía. Mira la cima, tan lejos. Mira la gloria, tan puñetera. Así que nada, que me bajo y subo con la bici de la mano, porque bajarse y subir con la bici de la mano es de guapos. Yo es que siempre quise ser modelo, y hasta tenía ensayadas respuestas (sí, la paz mundial, sí, claro que conozco a Confucio) y poses tontorronas con trajes regionales, y entonces bajarse no es para tanto, ¿eh?, que también Anquetil se bajó alguna vez y mira, menudos ciscos montaba. 

De esa forma llego hasta arriba, con menos dignidad que Ernest Hemingway un dos de enero. Allí hay carteles que enseñan los endemismos de la zona (con nombres maravillosos, como ofegabous, aufrany o ratpenat del bosc, porque los nombres tradicionales tienen un retinglar propio), hay torres de transmisión que parecen el cohete de Tintín (su Haddock metiendo Loch Lomond en cajas, que por La Luna anda fatal el tema de hostelería), hay un mirador absolutamente a-co-jo-nan-te donde puedes ver montones de cosas chulas, como el Mediterráneo, el Delta y hasta Pirineos, si sale el día despejado (que no). Ah, y también distingues bastante tramo de subida, y te deleitas viendo a otros sufrir donde tú sufriste hace no tanto. Solo que ellos van más veloces. Lo juro. Todos. 

Del descenso no les cuento nada, porque los descensos casi nunca dan para leyendas…

Pupita de la grande, esto del Mont Caro.

Glosa Tercia. La combinación de las glosas Prima y Segunda provoca que los durísimos entrenamientos sobre la bicicleta no hayan arrojado resultados positivos en mi relación peso/potencia, pues el ligero incremento de la segunda no compensa la subida inmoderada del primero. 

El día después

Claro, tras eso… el día después. Ayer fue Val Louron, veinticuatro horas desde Sestriere. Y, ahora… qué. Pues otro rollo. A recorrer el Delta, coleguitas. Sesenta y tantos kilómetros, desnivel como el que sumo para sacar la bici de mi pueblo. Tampoco pasa nada por descansar un rato, ¿eh? A mí ya me vale.

Pedalear por el Delta del Ebro es experiencia singular. Hay un montón de carreteras sin apenas tráfico que serpentean por entre arrozales, entran en pequeños bosques o se asoman a salinas y cañaverales. Todo muy Miami, con su teniente Castillo y sus referencias ochenteras, seguro que me entienden. ¿Cosas chulas? Pues a montones. Patitos, que a mí me gustan mucho los patitos, si hasta tengo unos calcetines de patitos. Ibis de porte egipcíaco. Y flamencos. Bastantes.

Había flamencos grises, que son los jóvenes, porque a los flamencos se les va poniendo el culo rosa de tanto comer gambas, como a su primo Sebastián en el pueblo. Se mueven así, con cautela, patas larguísimas y elegancia de clasicómano. También vimos parejas haciendo eso de los besitos y entrelazar los cuellos y dibujar la forma del corazón. Parecían bastante felices, pero no se fíen ustedes, que después en casa vete a saber…

Es divertido, ya les cuento. La planta del arroz parecen algas poco tímidas que asoman más allá de la superficie. Verdes, muy verdes, guedejas de prado cerquita a la mar. Ah, de vez en cuando escuchas tiros. Pam. Así, secos. Son para espantar aves, nos cuentan, pero yo no me fío, porque ya a Freire le metieron tres perdigonadas en el Tour, y ese era de mi pueblo, así que… cien ojos. Igual con el viento.

Allí hace, y como vas siempre girando en cruces de noventa grados pues tienes variedad. Es curioso, el viento, porque cuando entra a favor ni te das cuenta, pero si llega de frente estás frenado, y suena ese sonido horrible (ese sonido, seguro que saben de lo que hablo… ese, ese precisamente) todo el rato. Pero nunca dura mucho, por lo de quiebros y requiebros, así que bien. 

Ah, también nos enseñaron una poza insondable (hay muchas pozas insondables por ahí repartidas) con su monstruo y todo. Había hasta foto, pero yo creo que era falsa, como las joyas de mi madre y los Tours de Armstrong. Vete a saber. 

Corría brisa con olor a salitre, a ostras, arena y relentes de madrugada. Una auténtica delicia, háganme caso. Hubo más, porque siempre hay más, pero tampoco vamos a contárselo todo, ¿no? Vamos, digo yo, algo querrán descubrir cuando vayan…

Ningún escritor de ciclismo o flamenco fue maltratado para la elaboración de este reportaje. Lo prometo.

Un paseo por el Ebro

A bordo de Lo Sirgador, una réplica de laúd, palabra de origen árabe que significa madera  (“llagut” le llaman en Tortosa), recorrimos el Ebro en ambas direcciones desde la capital del Baix Ebre. Sin escritores ni bohemios, de esos que pierden un vuelo pero llegan a tiempo para cenar un entrecot al punto, zarpamos hasta la Isla de la Chiquina. Por el camino, reposado y muy apacible, milanos negros, unas aves migratorias que regresan en primavera tras partir a África en noviembre, nos regalan una vista digna de documental, trufada de bosques de ribera, con álamos, olmos, eneas, tamarindos y cañas. Y debajo nuestro (por lo que nos contaron, que no los vimos), carpas, anguilas, lucios, gobios y siluros de hasta 150 kg.
El monstruo del Ebro, lo llaman, y está considerado una plaga. Así que si algún día logras pescarlo, tienes que matarlo. Eso sí, no olvides que es muy voraz y cazador nocturno. De vuelta a Tortosa, nos dirigimos a la Isla de Vinallop (conocida popularmente como la Isla de los Toros o Illa dels Bous). Allí, solos, hay toros desde los años 40. Actualmente quedan 12 ejemplares, todos ellos vacunados y con los machos esterilizados. Es la única isla de todo el mundo fluvial con vacas y toros bravos que viven exclusivamente de la naturaleza. Y sí, a eso de las 8 de la tarde los vimos salir a beber. Conmovedor. 

Más información

terresdelebre.travel
terresdelebre@dipta.cat

tortosaturisme.cat
museudetortosa.cat

info@tortosaturisme.cat
bikefriendly.bike

hotelcoronatortosa.com

musclarium.com
catedraldelvi.com

¿Sabías que….?

-Les Terres del Ebre constan de cuatro comarcas: Baix Ebre (Tortosa), Ribera d’Ebre (Móra d’Ebre), Terra Alta (Gandesa) y Montsià (Amposta).

-Se encuentra a 150 km del aeropuerto de Barcelona y a 160 km del aeropuerto de Valencia.

-Les Terres del Ebre tienen la declaración de Reserva de la Biosfera de la UNESCO.

-Su superficie es de 3300 km2 y tiene 191 000 habitantes.

-Tienen 142 km de costa.

-El 35% de su territorio es espacio natural protegido y tiene dos parques naturales, el Parque Natural del Delta del Ebro y el Parque Natural de Els Ports.

-Para ciclismo tranquilo y en familia, la Vía Verde del valle de Zafán es una opción muy recomendable y asequible.

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