El delfín adolescente: todas las esperanzas de Paul Seixas

Sucedió como suceden siempre estas cosas. Con el discreto encanto de la rutina al romperse.

Sucedió en el Monte Sainte-Marie y nadie puede excusar sorpresas. Sucedió como hace doce meses, como en Ruanda, como en La Redoute o Kwaremont. Allí entraron los de su equipo a toda leche. Tensión, paisanos que tientan, polvo. Y, entonces, arranca Tadej. En el mismo sitio, a la misma hora, arranca Tadej. Y va Pidcock allí, y a Pidcock se le sale la cadena (y el corazón por la boca), y queda Tadej solo, solitario, tras seis docenas de metros y veinte pedaladas en condiciones. Se acabó. Por Siena lo volvemos a ver.

El ciclista profesional Paul Seixas, apodado «el delfín adolescente», pedalea en una bicicleta de carreras de la marca Van Rysel por una carretera asfaltada.

Sucedió, dije.

Pero algo cambia. Normalmente ataca el esloveno y todos empiezan a mirar morrucos, a pensar en pódiums, a sumar puntos UCI. Ataca el esloveno y nadie va a hacer, siquiera, amago. Vingegaard, cuando está, y puede. Remco, cuando esté, aunque no pueda. Y en Strade, lo mismo, pensábamos. Lo mismo. Pero no. Hay, a metritos, tres ciclistas. Uno, dos y tres. Tres que persiguen, tres que quieren ir remontando distancias. Primero queda clavado Jorgenson, después el escudero del Toro. Y asciende, en solitario, entre gentío y piedras, entre motos y curvas, Paul Seixas.

Una persona con el pelo húmedo y ondulado y un auricular que mira hacia abajo con la boca abierta, que recuerda al protagonista de *El delfín adolescente*, de Paul Seixas.

De Paul Seixas quería yo hablarles.

Paul Seixas va remontando, Paul Seixas mordisquea pulgadas a Tadej. Paul Seixas llega, incluso (sublime osadía), a rueda de Pogačar. Y no son tantos, no, quienes pueden poner eso en su tarjeta durante el postrer lustro. Aguantará, ahí, apenas dos tomas de la tele. Aguantará, ahí, apenas dos tomas de la tele, apenas dos curvas del puerto, apenas dos tirones de Tadej. Después… el póster. Quedar clavao, que te pille un grupo, buscar oxígeno, que tus piernas respiren, que tu cabeza piense.
¿Quién fue la primera esposa de Napoleón Bonaparte, Paul Seixas? Y el chico no responde, tan atufado le dejó Tadej. Fue Ícaro volando cerca del sol, fue suicida en Balaclava. Pero fue, y el resto no. Después aguanta con los mejores (con los mejores que son mortales), y apretón llegando a Siena, y marcha otra vez con del Toro (fotografía primigenia, ya verán cuántas más tienen estos dos), y tira solo hasta la Piazza, hasta el campo más bonito del mundo, hasta la prueba palpable de que este es, sin duda, el mejor deporte de todos. Hace segundo, allí, Paul Seixas. Segundo tras Pogačar. Resultado óptimo, esperanzador. Hasta que miras cuándo cumple años, la criatura. Y cuántos años cumple, el zagal. Y, entonces, explotas.

Porque Paul Seixas nació en 2006. En septiembre de 2006. El día que nace Paul Seixas trinca Paolo Bettini su primer arcoirisado. Joder, pero si Bettini es de hace cuatro tardes. Si es que hace bronce Valverde, y Valverde corre hasta 2022. Llevamos menos del lustro sin Valverde… y el tío pescó medalla esa tarde que fue primera para Seixas. Nadie te prepara para esto. Es como ver gordo a Axl Rose, como ver el debut de Thuram (hijo), ir a un concierto de Linaje. Paul Seixas es tan joven porque nosotros fuimos, cada vez, menos jóvenes.

Paul Seixas se inclina en una curva en una carretera abierta, vestido con ropa de ciclismo profesional.

Pero lo de él destaca, no vayan a corregirme. El chico debuta con dieciocho en el World Tour. Debuta descollando, además. Casi etapa en el antiguo Trentino, top ten en el antiguo Dauphiné. Inédito. Luego se mete un empacho kilometril en los alrededores de su cumple. Mundial de Ruanda, Europeo, Lombardía. Prota en todos laos, ojipláticos tras ver cómo rinde en distancias para varegos y, quizá, dothrakis. Así que empiezan las comparaciones. No, la inmersión en datos e historia, por ver si hay precursores. Sí en la modernidad más moderna, porque cada vez pasan los mozucos más imberbes, pero no si nos zambullimos en el pasado. Jacques Anquetil y Giuseppe Saronni, por concretarles. Lo otro… pues prehistoria, así que Anquetil y Saronni. A Hugo Koblet, verbigracia, le llamaron Mozart de la bici por ganar etapitas con veintidós.

A Seixas aún le faltan tres para eso.

Paul Seixas, un ciclista que lleva el maillot y los pantalones cortos del equipo Decathlon, posa con el puño en alto.

¿Ya dije que asustante?

Porque, encima, va el chico y nos crece, en este 2026. Que está en la edad, también te digo, pero es que vaya salto. Con galones en Algarve, con potencia en Faun-Ardèche. Exhibición en Itzulia, que llegó a dar miedo, a ratos, por Itzulia. Y lo de Strade, que fue derrota, que fue victoria, que fue derrota. Es uno de los principales, un nombre a seguir. Uno que, susurran, igual hasta prueba con el Tour.

Porque ese es otro aspecto del chico. Que nació en Lyon, y los que nacen en Lyon son franceses (bueno, hace mil años era del Sacro Imperio, pero vete a decirle, tú, a un chaval de 2006 lo del Sacro Imperio). Eso, que francés. Y llevan, los franceses, mucho sin tocar victorias de espesor. En Grandes por 1995. Pero es que en el Tour… es que en su Tour… desde 1985. Bernard Hinault, el postrero, que es buen final, también te digo. Pero son ya cuatro décadas. Nunca estuvieron, hasta entonces, más de seis o siete añucos sin catar amarillo (redondeando), así que barbechar, lo que se dice barbechar… pues de narices. Y, entre medias, esperanzas fundadas, esperanzas sin fundar y esperanzas rotas tipo “whatsapp a las tres de la mañana un sábado”. Porque Fignon y los ocho segundos y el tonguete de tecnología yanqui… vale. Y luego Jalabert, y luego Virenque (tupido velo), y hasta Pascal Lino, o Mottet, o el caritas de Christophe Moureau. Y nada, que intentonas pero nada, que les falta un pelín, que les falta clase, que les faltan dos escalones. Es por esto y por lo otro, claman los galos, y, quizá, claman con sentido. Pero es que también es por aquello y por lo de más lejos. Que no salen, no, chavales con opciones ciertas. Que no hay, no, calidad suficiente. Así que empiezan los nervios, y se ponen esperanzas en gente a la que no le alcanza (Bardet), o no soportan el asunto (Pinot). Y ellos, aun, hacen cosas. Pero es que hay grandes esperanzas que acaban sepultaos tras arrobas de incomprensión y yoyalodijes. Miren Barguil, por ejemplo, o Chavanel antes de reconocer sus condiciones de flahute. Y, como ellos, tantos. Tantos cuyos nombres no recuerdan. Ese síntoma.

Así que andan locos con mandar a Paul para la Grande Boucle. Para la Grande Boucle que terminaría a los diecinueve años y diez meses. Para la Grande Boucle en la que iban a pedirle, oh, todo. Igual no todo-todo, pero sí algo muy parecido a todo. Presiones, asfixias. Chico francés en equipo francés (equipo que, por cierto, camina divinamente, así que no se podrían descargar historias por ese lado). Hay peligro enorme, porque uno nunca sabe cuándo te va a enterrar la cabeza.

Pero…

Paul Seixas corre por una carretera junto a una moto en la que viaja un fotógrafo.

Pero es que eso es también asunto de ases. Y parece que el mozo maneja tales cuestiones. Y si tiene fuerzas mejor aprovechar ahora, que nunca sabes lo que te trae el destino. Y ahora los Tour ya no son como antes, ya no hay etapas de doscientos cuarenta kilómetros, ya no hay asesinatos alpinos y pirenaicos. No sé, quién puede saber. Sea como fuere en la cabeza de Paul Seixas, en sus rizos, en su sonrisa de adolescente están depositadas muchas atenciones en este 2026.

El pasado mes de octubre Paul Seixas se convirtió en el ganador más joven de Lombardía, el más joven en un Monumento desde la Segunda Guerra Mundial. Sigue creciendo. No tiene límites…

Pase, después, lo que pase.

Bienvenido sea. Por muchos años.

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