Tras imponerse en la general de la E-EDR Master 35+ en 2023 y 2024, Jordi Bagó acaba de conquistar la Copa del Mundo de Enduro Master 35+. Lo ha hecho en un año especialmente duro, con cambios de normativa, un giro inesperado de planificación y carreras más exigentes que nunca. El biker catalán no solo destaca por su nivel sobre la bici, sino por su visión global del deporte. Porque es corredor, embajador de marcas, desarrollador de producto, creador de bike parks y mentor de generaciones enteras. Esta es su historia, contada en primera persona.

Acabas de ganar la Copa del Mundo de Enduro Master 35+. ¿Qué significa para ti?

Significa muchísimas cosas. Si miro atrás y veo cómo empezó todo este año, es casi difícil de creer. Ha sido una temporada muy especial, pero también uno de los mayores desafíos de mi vida deportiva. Para empezar, por el cambio en la estructura de la Copa del Mundo. Aunque se sigue llamando “UCI Mountain Bike World Series”, ahora ya no está directamente bajo el control de la Unión Ciclista Internacional, sino que pasó a manos de Warner Bros Discovery Sports. Eso ha implicado cambios en la organización, en los reglamentos, en la forma de comunicar, en el calendario… No es lo mismo. Y eso, quieras o no, afecta a todo, desde la preparación mental hasta la logística de los equipos.
¿En qué sentido?
El 11 de marzo recibimos un correo informándonos de que este año no se iba a celebrar la Copa del Mundo de e-Bike. Eso cambió absolutamente todo mi planteamiento de la temporada. Yo lo tenía clarísimo: mi objetivo principal era correr la Copa del Mundo de e-Bike. Llevaba tiempo entrenando específicamente para ello, tanto a nivel físico como mental. Había adaptado mi forma de trabajar para ese tipo de bicicleta, sus exigencias, su manera de gestionar la potencia, la asistencia, la explosividad diferente.
Y de repente, sin previo aviso real, te dicen que no se va a hacer. Ahí es cuando, después de hablar largo y tendido con Chris Cocalis y Bryan Mason —fundador y presidente de Pivot—, me propusieron correr la Copa del Mundo con la Firebird “muscular”, sin motor. Al principio me quedé en shock. No era lo que tenía en mente. Cambiar de disciplina, cambiar de enfoque, cambiar incluso de mentalidad a esas alturas de la temporada no es nada fácil.
¿Cómo fue ese cambio de chip?
Recuerdo perfectamente el primer día que salí a entrenar con una bicicleta sin asistencia eléctrica, aquí en casa. Bajé de la bici pensando: “Estoy fatal, estoy fuera de forma”. Y no era que estuviera débil; simplemente era un mundo completamente distinto. La bici muscular exige muchísimo más del cuerpo en según qué momentos, sobre todo subiendo y en transiciones largas. Con la e-Bike puedes jugar de otra manera, gestionar el esfuerzo diferente. Aquí no. Cada metro te lo ganas tú, cada pedalada es tuya. Y yo llevaba meses entrenando para otras sensaciones.
Durante varios meses dudé seriamente de que pudiera ganar la Copa del Mundo. No porque no creyera en mí, sino porque estaba siendo completamente realista. No había planificado la temporada para una bici sin motor. Había trabajado fuerza máxima, explosividad, cambios de ritmo cortos… cosas que en la e-Bike tienen sentido, pero que no son lo mismo en una bici muscular, donde necesitas sobre todo fondo, resistencia y mucha economía de esfuerzo.
¿En qué momento sentiste que realmente podías conseguirlo?
Y, aun así, contra todo pronóstico, lo conseguí. Pero no fue fácil. Si te soy sincero, ha sido el año en el que más he sufrido físicamente y mentalmente de toda mi carrera. Ganar esta Copa no ha sido una celebración más: ha sido un auténtico acto de resistencia.

Desde el inicio, no. Después de las dos primeras carreras, te diría que estaba más cerca de pensar que no lo lograría que de creer que sí. Justo tres días antes de la primera Copa del Mundo me lesioné. Fue una mala caída, daño en la zona del hombro: ligamentos, tendones… La primera y la segunda prueba las corrí tocado (muy tocado, en realidad). Sufrí muchísimo. Cada impacto en la bici era un recordatorio del dolor. Pero claro, cuando estás ahí, cuando has viajado, cuando todo el mundo espera verte competir, es muy difícil bajarte.
Pero luego vino la prueba de Loudenvielle…
Sí, es un lugar muy especial para mí y que siento como fetiche. Allí ya había ganado dos Copas del Mundo, y este año conseguí la tercera, esta vez sobre la Firebird muscular. Ese resultado fue un antes y un después. No solo por la victoria en sí, sino por el mensaje que me dio a mí mismo: “Sí, puedes hacer esto”.

Hay un detalle importante que no suele verse desde fuera. Para poder correr esas primeras carreras tuve que pedir permiso a la UCI para poderme infiltrar cortisona. De normal está totalmente prohibido, pero cuando hay una lesión acreditada y la infiltración tiene un fin terapéutico (no dopaje), pueden autorizarlo. Y en mi caso incluso estuvieron presentes los doctores de la UCI en ese proceso. Sin ese permiso, probablemente ni siquiera habría podido salir.
Uf, menudo plan…
Aun así, no estaba bien físicamente. Cuando ganas en esas condiciones, la confianza vuelve. Pero te soy sincero: siendo realista, el punto donde comprendí que podía ganar la Copa del Mundo fue después de Pietra Ligure… aunque suene extraño, porque fue una de las carreras más duras que he hecho en mi vida.

En Pietra casi me muero, literalmente, de dolor de piernas. Fueron más de 4000 metros de desnivel acumulado, con dos subidas larguísimas, cada una de varias horas. Este año las carreras, sobre todo en Italia —organizadas por Enrico Guala— han sido salvajes. Él quería volver a los orígenes del Enduro, hacerlo más puro, más brutal, más “old school”. Y lo consiguió. Pero a un precio físico altísimo para todos.
Después de Loudenvielle recuperé la sonrisa, pero fue en Pietra donde me probé de verdad. Pensé: “Si soy capaz de sobrevivir a esto, puedo hacerlo”. Y eso, en una Copa del Mundo, vale tanto como ganar.
¿Hubo algún momento de duda, de querer abandonar?
Más de uno, ¡muchísimos! Si no pensé en abandonar diez veces en Pietra Ligure, no lo pensé ninguna. El domingo, después de la primera especial —que duró unos tres minutos—, nos esperaba casi una hora de subida. Y yo hice casi tres cuartos de esa subida caminando. Algo impensable para mí. Nunca, en tres años de Copa del Mundo, me había adelantado nadie en un enlace. Siempre salgo de los primeros por ranking, y eso significa que normalmente no te pasa nadie.

Pero aquel día empezó a pasarme gente. Mucha gente. Incluso Cser, el húngaro, que acabó ganando en esa carrera, me pasó y me preguntó si necesitaba algo. Le contesté: “Lo que necesito no me lo puedes dar”. Y era verdad. Lo que necesitaba eran piernas nuevas. Tenía rampas por todo el cuerpo. Creo que fue una combinación de deshidratación, desgaste extremo y reacción de mi cuerpo intentando eliminar la cortisona. Me quedaba sin fuerzas. Hubo un momento, llegando casi al Monte Carmo, arriba del todo, en el que pensé: “Hasta aquí he llegado”.
¿Qué pasó?
Entonces me vino todo a la cabeza: las horas de entrenamiento en invierno, bajo la lluvia, con frío, con nieve, entrenando solo. Pensé en todo lo que he luchado en mi vida para llegar hasta donde estoy sin que nadie me regalara nada. Y ahí fue donde dije: “No. No hoy. No así”. Lo que me salvó también fue la gente. Gente de controles, de salidas de especiales, espectadores, incluso otros corredores que me ofrecían geles, bebida con glucosa, cualquier cosa. Ese apoyo humano fue brutal.

Al final terminé 12º en esa carrera. Había más de 100 corredores en Master, y acabar ahí, tan cerca del top 5, fue una victoria personal. Sufrí en Pietra y sufrí en Polonia (Bielsko-Biała), dos carreras seguidas. Estuve a punto de retirarme no porque quisiera, sino porque mi cuerpo literalmente no daba más.
¿Cuánto influye la experiencia frente a la juventud o la explosividad?
Muchísimo. La experiencia lo es todo en este deporte, sobre todo en pruebas tan largas y duras como el Enduro. No solo se trata de ir rápido, sino de saber cuándo apretar, cuándo guardar, cuándo comer, cuándo beber, cómo gestionar el desgaste, cómo leer el terreno, cómo gestionar la presión.

Un ejemplo perfecto es Greg Minnaar. Ha ganado Copas del Mundo de DH con más de 40 años en Élite. No es solo talento físico: es cabeza, es inteligencia, es recorrido vital, es conocimiento del propio cuerpo. La experiencia te da algo que no puedes comprar ni entrenar en seis meses: te da calma, perspectiva y control emocional. Y eso en carreras de seis horas es oro puro.
¿Hasta qué punto el material marca diferencias reales en la Copa del Mundo?
En la Copa del Mundo todo el mundo lleva material top. No creo que haya nadie en clara desventaja por cuestión de equipamiento. Dicho esto, tener lo último, lo más desarrollado y, sobre todo, lo más confiable, sí marca mucho la diferencia en términos de confianza. Los neumáticos radiales de Schwalbe, por ejemplo, han sido una revolución. El año pasado solo unos pocos los llevábamos y ahí sí que se notaba una gran diferencia. Este año ya son más comunes.

Para mí, Schwalbe es la mejor marca del mundo en neumáticos. Pero de lejos. No es solo dinero: es tecnología, escucha activa al corredor, desarrollo continuo, implicación real. Yo ya no entreno sin un radial delante. Aunque sea un compuesto ultrablando, me da una confianza brutal en raíces, en rocas, en impactos. La forma en que absorbe irregularidades es increíble.

Interesante. ¿Y con las suspensiones?
Lo mismo. Tener el respaldo de Fox en Copa del Mundo es un lujo. Te cambian aceites, revisan rodamientos y lo ajustan todo para cada circuito. Eso te da una bicicleta siempre perfecta. Y la tranquilidad mental de saber que todo funciona como debe. Igual que con Shimano. Personas como Mike o Magnus han sido claves para mí. En la última carrera, cuando me jugué la general, tras una caída en los entrenamientos tenía el pedal doblado. A las seis de la mañana Magnus me escribió para que fuese a cambiarlo y asegurar que nada fallaría. Eso no tiene precio. Mis patrocinadores no son solo sponsors: son parte de mi familia.

¿Cómo entrenas para rendir en Enduro sin motor?
La base es brutal: hago muchísima carretera para coger fondo. Estamos hablando de carreras de más de 50 km al día y entre cinco y seis horas sobre la bici. Sin una base aeróbica sólida, no hay nada que hacer. A eso le sumo horas y horas de técnica, de bajadas, de repetir líneas. Uso muchísimo la GoPro para analizar trazadas, porque no siempre puedes repetir muchas veces un mismo tramo. Así que la visualización es clave. Además, trabajo mucho el gimnasio, el core, la fuerza funcional.

También entreno moto en mis circuitos de casa: hago mangas de 10-15 minutos para trabajar resistencia y control del cuerpo. Cuando vuelvo a la bici, todo parece más ligero. Este año, además, he puesto un énfasis especial en los estiramientos y la movilidad. Si no estiras, el músculo se acorta, se carga, se lesiona. Y dormir bien es sagrado.
En cuanto a nutrición, sin Crown Sport Nutrition sería imposible. Recuperadores, BCAAs, proteínas, glutamina… El Enduro es brutal. Más que el Descenso incluso, porque no es solo intensidad: es duración, desgaste, acumulación.
¿Tienes algún ritual antes de cada especial?
Nada supersticioso. Siempre miro la GoPro un par de veces. Después cierro los ojos y visualizo toda la bajada, de principio a fin. Eso lo aprendí con Pep Forn, mi psicólogo deportivo del CAR de Sant Cugat. Funciona de verdad. Si lo haces bien, el tiempo de visualización suele coincidir con el tiempo real de la bajada. Es algo que hacen muchos en la Copa del Mundo, tanto en Enduro como en Descenso.

¿Qué errores ves en los más jóvenes o amateurs?
Dos principalmente: no comer ni beber lo suficiente, y equivocarse de neumáticos. Mucha gente no adapta el compuesto o el dibujo al barro, al terreno mojado, a las condiciones reales. Y la nutrición es clave. Puedes tener mucha técnica, pero si no comes, no acabas.
¿Qué mensaje darías a quien se inicia en el Enduro?
Yo a toda la gente que considero mis amigos o conocidos y que montan en bici siempre les digo lo mismo: que disfruten. Para mí la bicicleta es lo que más amo en la vida, no me la tomo como un trabajo; me libera, me ordena y me da paz. Y es lo mismo que le digo siempre a mi sobrino, que hace poco empezó a montar: que no tenga prisa, que no sienta presión, que la bici es un placer y que solo debe hacerlo si realmente le nace. Aunque llueva, aunque nieve, aunque haga frío: si lo disfrutas, todo tiene sentido. Pero si no, no sirve de nada. El límite te lo pones tú mismo. Eso es lo único que quiero transmitirles.

También colaboras en el desarrollo de producto con varias marcas. ¿Qué papel desempeñas?
Trabajo muy de cerca con Rudy Project, Crankbrothers, Pivot y otros sponsors. Participo en el diseño, doy feedback real de uso en condiciones extremas y aporto mi experiencia tras muchos años probando material. Formo parte del proceso creativo y técnico, desde el concepto hasta el test en campo.

Y además también sacas tiempo para la construcción de bikeparks y pumptracks: ¿cómo empezó esto?
Empezó de niño, en un terreno cedido por un amigo de mi padre. Luego diseñé circuitos enormes, con líneas de saltos y zonas técnicas en las que entrenaron riders como Andreu Lacondeguy o incluso leyendas como Greg Minnaar, Steve Peat, Shaun Palmer, Fabien Barel o Loïc Bruni. He construido bike parks y pump tracks en todo el mundo: Portugal, Argentina, Colombia, Rusia, Bulgaria, Eslovenia… No lo hago por dinero, sino por dejar un legado, por aportar algo al mundo del MTB.

Un ejemplo muy especial para mí fue lo que hice para Christ y Sylvie Bakker, de KMC, en un espacio exterior contiguo a la fábrica. Más que un proyecto profesional, fue un gesto de agradecimiento. Crear allí una zona para que ellos, el equipo y la gente cercana a la marca pudieran disfrutar de la bicicleta —con pump track, líneas de saltos y espacios de riding— fue algo muy emotivo para mí.
Con todo este ajetreo, ¿cuántos días al año pasas fuera de casa?
Este año unos 200, aproximadamente. Acabo de volver de Estados Unidos tras 21 días allí. Pero antes viajaba incluso más, sobre todo cuando pasaba el invierno en Canarias rodando documentales para la BBC o Discovery Max.

¿Dónde te ves dentro de cinco años?
Seguramente ya no compitiendo al máximo nivel, pero sí vinculado al desarrollo de productos, al marketing o a nuevos proyectos con Pivot y Crankbrothers. Mi relación con ellos es familiar. Me han dicho muchas veces que esta es mi casa. La forma física se pierde, pero la experiencia y la sensibilidad no. También puede haber proyectos en televisión, documentales… quién sabe, quizás colaborando en la revista (se ríe).
EN POCAS PALABRAS
Mountain Bike: El amor de mi vida
Pivot: Familia
Warner Bros: Películas
Fama: Circunstancial
Dinero: Tranquilidad
Enduro: Dureza
Futuro: Luz
Jordi Bagó: Luchador



















