Cicloturismo por Córcega, subiendo Boca à Verghju

Disfruta de una ruta perfecta para descubrir una de las zonas más bonitas de Córcega practicando cicloturismo.
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Porto es semicírculo de arena oscura rodeado por un pequeño muelle. Piedra, color negro. Es la única de ese color, porque las demás, todas las demás (todas las que rodean este pueblecito encantador, este paraje único) son rojas, o naranjas, o encarnadas, o del tono que se le pone a la mar cuando este sol se esconde allí, en el horizonte. En Porto hay, también, una torre defensiva en ruinas y muchas carreteras que salen aquí y allá. Y huele, huele mucho. Huele a salitre, huele a bosque, huele al maquis, a las bayas de mirto, a las tormentas que hay de vez en cuando.

Huele a Córcega, y ese olor no lo encuentras en ningún otro sitio. 

Ruta cicloturismo Córcega.

Allí, en Porto, todo es tranquilidad. Silencio. Bueno, no… rumorean las olas, que van y vienen a ritmo de cumbia lenta. También escuchas la lluvia cayendo suavemente, y es un llover amable, pausado, muy distinto al llover de donde yo vivo. Miro la pequeña bahía. Cinco boyas de color verde marcan entrada. Suben y bajan con respiración de quien duerme siesta. Unas nubes se acercan a darle sorbitos de agua al mar y luego marchan para remolonearse sobre los picos. Miro la bici.

Ya está bien de metáforas, ¿no?

Casco, calas, empezamos a subir. Casi saliendo del pueblo hay un cartel a mi derecha. “Boca à Verghju”, pone. “32 kilómetros”, dice.

Me espera un buen rato disfrutando por aquí.

Empieza lo bueno en Córcega

Tú sales de Bastia, que es una ciudad así como moderna, con su parte vieja, sí, pero también cafés elegantes, y un paseo marítimo bien chulo, y edificios sofisticados… sales de Bastia, digo, y te topas con la dura realidad de Córcega para el ciclista. Pum, cuesta. Pum, curva. Pum, rampa. 

¿A quién pretendo engañar? Me encanta.

Subimos el Col de Teghime, y aquello es una locura. De todo tipo. Hay horquillas imposibles cada pocos metros, hay un asfalto que parece alfombra, hay un panorama a nuestros pies que invita a cualquier cosa menos sufrir. La mar, colinas verdeando, bosques allá a lo lejos, la ciudad al fondo, dos o tres torres defensivas que vigilan ataques de piratas. También casas, casitas pequeñas con techos de pizarra y hiedras en las paredes. 

Ruta cicloturismo Córcega

Justo en la cima veo una granja. Venta directa de quesos, anuncia el cartel, porque la vivienda está asentada sobre cueva donde maduran productos de olor intenso, un poco ahumado. La dueña asoma, sonríe, mira nuestras ropas, vuelve a sonreír. Igual no lo sabe (o seguramente sí) pero vive en uno de los mejores miradores que yo jamás haya visto…

Durante el descenso me cruzo con un grupo de unos treinta cicloturistas. Todos ellos llevan e-bikes. Los hay viejos y jóvenes, rubicundos y morenos, gordos y flacos. Toda la colección. Parecen felices, y sonríen mucho, quizá porque pasamos cerquita de Patrimonio, donde hacen un vino fuerte y muy oloroso, que embriaga desde kilómetros de distancia. Después veo otro grupito, más pequeño, de tipos con bicis caras, piernas sin pelo y pinta de llevar medias altísimas. Ellos también sonríen.

Cómo no hacerlo, aquí. 

Cochinos en semilibertad

Ruta cicloturismo Córcega

En algunos mapas al puerto de Boca à Verghju lo llaman Col de Vergio, aunque yo prefiero el otro nombre, porque suena más exótico. La ascensión es tranquila, pero impresiona, porque tiene mil curvas y a veces se ve allí arriba, muy lejos, por dónde va la carretera. Y, claro, no sabes si podrás llegar, aunque siempre llegas, porque los cicloturistas siempre llegan. Primera parte y aguanta la maquia, también pitas, alcornoques, incluso algunas chumberas cargadas con frutos rojos que pinchan.

De vez en cuando pasas junto a una casa con muros completamente cubiertos de buganvillas moradas, e incluso aparecen aquí y allá palmeras que igual se han extraviado entre tanto cruce y tanta rampa.

Y cerditos. Ojo, hay cerditos. Bueno, hay cerdos, porque en Córcega los cochinos están en semilibertad, y hozan por caminos y suelos sin que nadie les diga nada. Como debe ser, por otra parte, que están comiendo castañas y bellotas al aire libre. Pero claro, junto a cerdos grandes (y los cerdos grandes son muy, muy grandes) ves otros más pequeñajos. Mil colores. Hay cerditos rosas, como Babe, otros con topos como los dálmatas de la peli, los de más allá tienen pelaje blanco y negro, que parecen helado de chocolate y nata. Todo.

Como el cicloturista tiende a la comunión con la naturaleza (y, además, un descansillo siempre agrada) me bajo de la bici y voy despacio hasta ellos. Solo que no hace falta, porque vienen todos a mí, y empiezan a hocicarme las patas, y luego tendré huellas de narices terrosas en gemelos durante el resto de la subida. En fin, qué les voy a contar. Majísimos todos. Pero majísimos de verdad.

Ah, también te encuentras cabras y vacas por la carretera, así que has de tener cuidado. En los descensos, principalmente. Bueno, y subiendo, que las cabras parecían menos simpáticas que chones y vacucas, para qué engañarnos…

Cap Corse

Por Saint-Florent me encuentro con dos ciclistas. Muy delgadas, bicis apoyadas sobre una pista de petanca donde la noche antes un montón de viejecillos jugaban así, con mucha concentración, sacando lengua por la comisura de los labios antes de cada lanzamiento. Cosa seria, la petanca.

También el ciclismo. Es prontuco, y las dos muchachas desayunan en la terraza, cascos sobre el suelo, calas haciendo tac tac cada vez que mueven sus pies. Café con leche grande, un croissant. Estamos en Francia, así que los croissants son casi religión. Y están riquísimos, oigan. Hablo con ellas. Hola, hola, qué tal. Que somos alemanas, sí. Que vamos a hacer la vuelta al Cap Corse. ¿Toda? Toda, toda, sí. Echo cuentas. Unos ciento veinte kilómetros, ¿no? Sonríen, más o menos. Y ¿desnivel? Pues sobre los 2500 metros dice una, y mira de reojo a la otra, como se miran los niños después de hacer una travesura. Buena salida. Especialmente si piensas que no hay ningún puerto grande por el camino. Tampoco, claro, rectas, o llanos, o cosas por el estilo. Volvemos a sonreír, los tres. Les deseo suerte, ellas siguen a lo suyo.

Ruta cicloturismo Córcega

Recorro después ese camino. Al menos parte. Y veo ciclistas, muchos ciclistas. La mayoría van sufriendo como perros. Otros, dignos, llevan e-bikes. Hasta hay uno, vestido con maillot morado del Lampre, que se ríe a carcajadas y hace bromas cuando paso. Claro que él está sentado en un bar y tiene delante la jarra de cerveza más grande que yo haya visto jamás. Lo que no encuentro es la bici. Vaya usted a saber. 

Ruta cicloturismo Córcega

Ah, Cap Corse es también perfecto para otras cosas. Para ver villas de esas con aire barroco y decadente que solo encuentras en pelis y anuncios. Playas inmensas con un mar que gasta, a ratos, mala uva. Pueblitos aferrados a laderas verticales que se visten de ambarino cada anochecer. Nonza, por ejemplo. Allí también pasan cicloturistas, rompiendo con sus jadeos la tranquila parsimonia del sitio. Casi pareciera que sus ropas chillonas están fuera de lugar por aquel remanso…

Niebla y bosque

Veinte kilómetros y llegas a Evissa. Pequeño descanso. Qué pueblo bonito, Evissa. Qué de casas chulas, en Evissa. Menudas vistas, por Evissa. Pena de la niebla, que empieza a caer. El paso por el pueblo (que dura varios minutos, porque hay granjas desperdigadas aquí y allá) nos va metiendo cada vez más en una nube blanca, húmeda. 

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Luego… bosque. Pero un bosque inmenso, casi preternatural, un bosque de esos que salen en los cuentos de Blackwood. Por allí hay champiñones (deliciosos en tortilla), y castañas (deliciosas en mermelada), y cerdos (deliciosos de cualquier manera, oigan). Hay, también, pinos. Pinos alerces. Enormes, muy rectos, con las copas casi perdiéndose donde las nubes toman aire y te velan el mirar. La cuneta alfombrada con agujas marrones y polen naranja. A veces, incluso, topas con algunas piñas pequeñitas, encogidas como si fuesen armadillos tímidos. 

Sigues ascendiendo. La cima ya está cerca. 

Llegada a Corte

Vista desde el espacio la orografía de Córcega es un como una espina de pez. Cordillera central, luego pequeñas sierras que bajan casi hasta la misma costa, valles profundos excavados por ríos que a veces son y a veces ni están. 

Llegar desde la mar hasta el interior es aventura fascinante. En coche o bici, igual da, porque las carreteras son tan reviradas, tan sumamente locas, que nunca vas demasiado deprisa. Escher se vino hasta Córcega para diseñar tres o cuatro caminos, eso lo tengo claro. 

Ruta cicloturismo Córcega

Tú empiezas, y dejas a tu espalda el azur, y hay viñedos allí, a lo lejos, y montañas enormes al fondo (y aquí montañas enormes significa picachos que superan los dos mil metros), y también bosque bajo, y crestas de piedra, y nubes en todos los tonos entre blanco y gris que juegan a rascarse panza por encima de las cumbres. Por haber hay, también, pueblos pequeñitos, muy lejos los unos de los otros. Pueblos con casas blancas, y marrones, alguna pintada en tonos de azul. Iglesias que destacan, campanarios altísimos, recuerdos lombardos. Aquí a las iglesias les dicen ghjesgia, que suena áspero y dulce a la vez, como el cuarto vermú…

Se llega a sitios como Corte. A ver, se llega a sitios como Corte después de subir, bajar, volver a subir, atravesar un desfiladero angosto como garganta de grimpeur, y luego ascender el último repechón. Pero entonces llegas a Corte, por ejemplo, y Corte es algo digno de verse. Una ciudadela encima de otra ciudadela, para entendernos. Calles estrechas que se retuercen sobre sí mismas. La casa donde vivieron los padres de Napoleón. 

Historia.  

Último tramo

Kilómetros al cinco, al seis. No hay rampas imposibles aquí, pero se agarra, porque hemos salido desde el mismo Mediterráneo y ya estamos a casi 1500 metros de altitud. La cima es un lugar desierto, misterioso, enseñoreado de blanco, con viento frío que se te cuela por debajo del maillot y hace estremecer el pecho. Tráiganse ropa de abrigo a Córcega, amigos, si quieren subir los Cols más altos. 

Allí, tan cerquita del cielo, hay una escultura enorme, de piedra gris. Dicen que si representa a Jesucristo ataviado con manto de peregrino, pero entre la niebla, el agua y los temblores aquello parece mucho más inquietante, como un guardián de la zona que te deja entrar. O no. 

Bajamos, entonces, unos cientos de metros. Buscando el bar, claro. Que aparece pronto, a mano izquierda. En la puerta reposan tres bicis, cargadas con alforjas. Dentro hay dos chicos y una chica, tomando café. Tienen cara llena de gotitas redondas, como las que se te ponen cuando pedaleas entre nubes. Sonrío, pregunto de dónde vienen. Porto, como yo. Uno sigue hablando. “Ayer subimos a pie el Monte Cintu, que es el pico más alto de Córcega, y hoy queríamos ascender en bici el puerto más alto de la isla”. Respiro aliviado, apuro la bebida, salgo feliz al descenso. 

Aun hay gente más loca que yo. 

Pero qué bonito Córcega, amigos. No se la pierdan.

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