Llegué hasta An Chonair directo desde el circuito de Dingle. No, espera, recapitulemos, faltan datos. Llegué hasta An Chonair en el Brittany Ferries, porque el An Chonair (o Conor Pass) está en Irlanda, y tú a Irlanda viajas en el Brittany Ferries, que es cosa muy del norte. Y eso, desembarcas por Rosslare, y luego tiras hasta Dingle, que es una de esas penínsulas hundiéndose en el Atlántico a poniente de Erin. Sí, seguro que saben cuáles, las que son como dedos acariciando el mar…
¿Ahora sí? Bien, continuamos.
Digo que llegué hasta An Chonair desde Dingle. Desde el anillo que se hace por la península de Dingle. A ver, que yo les cuente… unos sesenta kilómetros, unos seiscientos de desnivel, unos setecientos huracanes, por redondear. Subo repechos a treinta por hora, bajo repechos a quince pedaleando, todo al capricho del señor Bóreas. Pasa que sigue siendo recuerdo excelente, porque esto es preciosérrimo, y vas por carreteras colgadas al borde de los acantilados, y tienes muritos de piedra bajucos como si quisieran disfrazarse de tejones mojaos, y un tramo de adoquines, y playas, y vistas que se te pierden allí, donde comienza Terranova (Terranova no llegas a verlo, ojo).

Ah, por Dingle vivió Luke Skywalker tras la destrucción del Templo Jedi. Seguro que recuerdan, porque las historias son inmortales. Eso, que preciosérrimo el calentamiento. Igual un poco caliente para ser solo calentar, pero preciosérrimo.
El circuito de Dingle termina en el mismísimo Dingle, justo al lado del Pub O´Flaherty´s (también pueden buscarlo como Pub Ua Flaitbeartais). No digo que yo parase en O´Flaherty´s, ojo, porque soy un profesional del periodismo y nunca pararía en O´Flaherty´s a medio répor, pero resultaba tentador. Porque hay lluvia, y frío, y viento de cara, y penurias. Ay, amado Ua Flaitbeartais, por qué no estabas abierto.

Y eso, que ya en Dingle coges un desvío y tiras para el Conor. Yo no tenía muy claro asunto, así que pregunté a una chavaluca (pelirroja, pecas, mochila verde sobre su espalda) en britañol macarrónico. Is that Conor Pass´ road. La muchacha enarcó cejas, me miró de arriba a abajo (empapao, vestido de ciclista, salchichesco por la gastronomía irish), luego fingió entender mi acentazo, luego mira para arriba, hacia esa recta que tenía justo a la espalda. En fin, pareció decirme, ¿tú qué crees, fornido atleta? Pero como allí son todo educación dibujó un lacónico “yeah”.
Guay, no me he equivocado.
Subiendo el Conor Pass
Bien, la subida al Conor Pass puede parecernos facilona. Siete kilómetros y pico, sin llegar al siete de media, algo idéntico por el otro lado. Pero, eh, fiarse solo de los números hace llorar a Bernard Hinault (en el supuesto de que Bernard Hinault supiera llorar). Así que este Conor esconde cosas. Cosas. Trampas. Pendientes sostenidas al diez, una carretera sin paellas que te relajen, ni un solo descansito.

Ah, y el asfalto, que es ese asfalto tan de Irlanda, ese asfalto que drena maravillosamente (bien por ello, lo necesitan) pero resulta rugoso, hace que pedalees como si masticases chocokrispis, más o menos. Vamos, que sumen puntos de dureza. Porque la tiene.
El tiempo tampoco ayudó. También les digo, si vienes a Dingle tienes que experimentar el tiempo típico de Dingle, porque apañando uno de esos días maravillosos que salen en Instagram te calzas impresión errónea. Así que la cosa quedó muy Éire. Lluvia a ratos (a muchos ratos), niebla a ratos (a muchos ratos), a veces asoma el sol (y no veas cómo pica el sol cuando asoma el sol). No te aburres, oigan. Y las ventiscas, las ventiscas que arrastran cumulonimbos cual si fueran recuerdos.
Como aquí todo es cambiante a veces ves sombras de nubes sobre el asfalto, y son gruesas, casi corpóreas, y se mueven rapidísimo, y más que nubes parecen Sean Kelly esprintándome en La Redoute.
Qué de cosas te da tiempo a pensar cuando subes despacio.

Los desagües, por ejemplo, que hay muchos, y todos tienen su correspondiente tela de araña, y su correspondiente araña en mi imaginación de aracnofóbico, y su correspondiente subida de velocidad para pasar rápido por ahí. O el brezo, que cruje entre pezuñas de oveja. O esas campánulas de color rosa que aparecen en cada campo de Irlanda, más allá de los verdes, de nogales y alisos. Una delicia.
Hasta casi el último kilómetro puedes girarte y ver un horizonte azul oscuro y azul blanco, azul esmeralda y azul índigo. Es, así, como te alejas, subes, entras en algodón de neblina y gotas que titilan sobre culotte, que quedan colgando, adornos de navidad, sobre tu barbilla….
La cima del Conor Pass tiene carteles, y pegatinas de moteros (siempre hay pegatinas de moteros), y un mojón, y explanadas para que paren coches y queden extasiados con el entorno. Solo que yo tiemblo, me castañetean los dientes y, además, mi entorno son cinco metrucos con cierto aire a “sauna finlandesa”. Así que para abajo, que no es obligatorio sufrir por sufrir…

Oye, buenísima idea… El Conor Pass que desciende hasta un pontarrón sobre el Glennahoo está mucho más abierto. Vale, sí, hay nubes bajas, pero ahora sí puedes ver cositas. Y cositas bien chulas. Pedruscos de un color azabache intensísimo (color pinta de Guinness) rozando tu hombro diestro. Una caída enorme justo en el siniestro. ¿Saben eso de carretera angosta? Pues se inventó para el Conor Pass. Solo que merece esforzarse, este sitio. Desciendes un kilómetro (un kilómetro con caravanas dejándote pasar, con turistas danzando sus coches de alquiler) y allí está… la cascada. El Conor Pass trepa por un antiguo cañón de glaciares, y este agua espumeando (espumeando como espumea la leche una mañana de invierno) sirve de recordatorio. Eso y las lagunas que se ven allí, a lo lejos, sobre bárcena, posadas como si fuesen gotitas gordas, como espejuelos de nubarrones. A los lagos, aquí, les dicen lough, y hay cinco. Lough Atlea, Lough Clogharee, Lough Gal, Lough Coumeenoughter y Lough Duff (sí, como la cerveza de los Simpsons… no sé si hay relación, pero pega mucho). Más arriba de la cascada existe un sexto, el Pedlers. Vuelve a soplar con fuerza el aire, miro.
Deben estar gélidos, los lough.
Y, sin embargo, no subo a la bici. No… quedo allí, inmóvil. El cielo sigue cambiando de color, las aguas tienen un mirar de plomo, los coches bajan con las luces, cuatro intermitentes, más precauciones que Martín Farfán en Arenberg. Le dicen, al Conor Pass, una de las carreteras más escénicas del mundo, y entiendo la razón.
La entiendo.
Pero se está bien aquí.
¿Cómo llegar?
La forma más cómoda para el cicloturista es subirte en el barco de Brittany Feries y desembarcar en Irlanda. Hay salidas desde Bilbao a Rosslare todos los jueves y domingos (con vuelta esos los mismos días, claro), y puedes llevarte el coche con tu bici dentro. Vamos, que sale muy fácil.
Fotos




















